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Urueña. Un lugar para leer.

Los árboles bailaban con el viento o debería decir con los vientos porque sentía que me arañaba por todos lados como si viniera cargado de cristales rotos. Coloqué la bufanda de colores a modo de pasamontañas sin quitarme los mitones. Cuando los tejí no recordaba el frío de los Campos de Valladolid. Demasiado tiempo de aquel diciembre del noventa y siete cuando, de camino al trabajo en la ciudad, se hacían escarchas de hielo en mis pestañas. En las gafas, las gotas de lluvia no me dejaban ver las casas de adobe. Subí la cremallera del anorak. La muralla medieval no era capaz de detener el temporal. No supe si porque era domingo de diciembre o porque vivía muy poca gente en el pueblo, éramos los únicos transeúntes deambulando por el adarve y los cubos. Desafiando a Meteo, quería ver los campos que en aquellos días se teñían de verdes.  Un turista, con la misma cara de frío que yo llevaba, se cruzó sin mediar palabra. Un hombre con ropa de trabajo nos dijo buenos días. E...

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