Recuerdo el olor a pólvora quemada

Recuerdo como corría empujada por el tumulto de la gente. Escapaba buscando una salida. Huía de la policía entre el humo con olor a pólvora y la humedad del orbayu que caía sobre nuestras cabezas. Salté a una huerta. El barro atrapó mis pies una y otra vez hasta que por fin logré pisar un metro de hierba. Caí y me levanté. Pisé el cemento. Seguí corriendo por el asfalto en la dirección equivocada. Retumbaban las sirenas entre las explosiones. Al otro lado de los de marrón estaba mi casa. Llevaban cascos y escudos, alzaban las escopetas disparando pelotas de goma y botes de humo. Enfrente un escuadrón de hombres lanzaban piedras. Otros con restos de tubos lanzaban pequeños misiles hechos con los cartuchos de dinamita. Mis piernas temblaban. Sentía odio, rabia. Ya no recuerdo con quien estaba. Regresé a casa al oscurecer y mi madre lloraba. Fue la única vez que me dio un tortazo. Defendía la vida, de una muerte inevitable que ya llegó. Ella no me entendió. O sí. Nos arrancaron las mimas. Tuvieron cojones. El obrero se jodió. Y los carteles que empapelaron la sede del PSOE, con el eslogan que inventamos un par de tardes antes, no sirvió para parar la desolación. Tampoco sirvieron los encierros bajo tierra. Ni las marchas a Madrid. Ni el mar de gente con banderas rojas desde la estación del Norte al Palacio de la calle Fruela. Los señores con corbata, que esperaban escoltados, fumando buenos puros, a la puerta de la jaula, ahora ven como ya no salen hombres entre sangre y carbón. Ya no hay muertos. Ya no hay derrumbes.  Los castilletes recuerdan a los vencidos. Orguyosos buscamos quien no visite y alabe el trabajo duro de los antepasados. Construimos hoteles y restauramos pueblos. Inauguramos museos. Nada es suficiente y  los hijos se van. Suena una gaita y bebo un culín, es navidad. Estoy en casa. Veo la maleza en el valle. Tampoco mugen las vacas. Ni se oye la piedra y el martillo al cabruñar la guadaña.

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