Historias de ciudad

Volví de un viaje de esos en los que sin moverte de casa todo en ti ha cambiado. Un viaje en solitario al punto más profundo de mi interior. Había decidido que era demasiado tiempo sin moverme de mi zona de ¿confort?. No estaba a gusto, así que no tenía nada de confortable. Salí a la calle. A esa calle por la que pasaba cada día.  Nunca miraba a los ojos de la gente y supuse que los demás harían lo mismo. Pasaba con prisa sin correr, pero con mucha prisa. A mitad del camino me preguntaba por qué corría si nadie me esperaba. Daba igual que tardara diez, veinte que una hora en llegar. Pero continuaba sin pararme a observar, a disfrutar la calle: maniquíes inexpresivos vestidos de lentejuelas, colores chillones o de gama de negros; vehículos aparcados en doble fila, en batería o en línea de idéntica gama de colores y modelos diferentes que siguen la moda de líneas y curvas; las hojas de los árboles verdes en los perennes y caídas en los caducos inviernos pintados de ocre; el barrendero que tira del carro cargado de excrementos de perro faldero, bolsas vacías de tiempos muertos o de colillas manchadas de carmín y saliva; el repartidor de bebida que para en cada estación del que ahoga los suspiros en un vaso de alcohol, o en un vaso de agua manchada con sabor a fruta envasada; aquella maceta pequeña de color de la navidad en la que han clavado el plástico con forma de arbolito y bolas de manzanas enanas con olor a nada espera la compañía de la taza vacía y la tetera llena de aroma a vainilla y hojas de té; el jubilado ocioso que quema los ojos en las letras formando mentiras para llenar los párrafos de una verdad que alguien quiso contar, permanece sentado en el banco a la sombra de un olmo sin hojas rodeado de niños que gritan y lloran riendo, llevándose la mano al golpe que acaban de darse contra el suelo por no saber corretear, mientras la madre o la tía escriben mensajes chismosos en el teléfono aún sin pagar; el taxista apoyado en la ventanilla de su coche blanco e impoluto de tapicería de polipiel que dormita con la voz aterciopelada de la locutora que cuenta historias de libros que nunca leyó; el turista protegido del sol que no calienta y metido en los calcetines de colores que asoman entre las tiras de cuero de la sandalia comprada en una tienda de souvenirs dá vueltas al papel con recuadros de publicidad sin lograr ubicarse en una ciudad de callejones y calles con patios y portales en donde judíos y cristianos montaron sus negocios y construyeron sus casas. Fue cuando me dí cuenta que las historias crecen como setas en el otoño húmedo y soleado, y que para verlas hay que apartar la maleza de la monotonía y de las prisas; observar con el mimo que le damos al recién nacido, saboreando los instantes, deleitándonos en los detalles, escuchando hasta los sonidos más imperceptibles; descifrando olores que recuerdan lugares; aprender a vivir viviendo cada instante aprendiendo de cada momento.

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